Era una fría tarde de diciembre. Hacía mucho frió, llovía y había tormenta. Ángel estaba en casa, tumbado en su cama leyendo un libro, cuando sonó el teléfono. Dejó el libro sobre la cama. Salió de su habitación y se dirigió al teléfono más cercano, que se encontraba en la habitación de sus padres al final del pasillo. Entró en el cuarto y descolgó el aparato.
- ¿SÍ? –
- ¡Ángel! Soy Amanda. ¿Qué tal?
- ¡Hola Amanda! Bien. Ahora mismo estaba leyendo un poco. –
- ¿Tenías pensado hacer algo esta tarde? –
- Con el día que está tenía pensado quedarme en casa. –
- ¡Genial! Pues voy a tu casa. He descubierto un juego de cartas muy interesante y creo que puede gustarte. En una hora estoy ahí, ¿vale? –
- Vale. Te espero. –
- Chao. –
- Hasta ahora. –
En el auricular pegado a la oreja de Ángel sonó un pequeño pitido que indicaba que su amiga había colgado el teléfono y que, por tanto, la conversación había llegado a su fin. Colgó el teléfono y regresó a su habitación. Cogió el libro que había estado leyendo antes de la llamada y lo colocó en una estantería situada encima de su cama. Volvió a salir de su cuarto y se dirigió a las escaleras que estaban situadas a mitad del pasillo. Las bajó y cuando llegó al piso de abajo se dirigió a una habitación que se encontraba al lado derecho. Abrió la puerta y entró. En la habitación había una mesa, sillas y varias estanterías llenas de libros. Sobre la mesa había múltiples cajas de juegos de rol a los que a él y a su amiga les gustaba jugar. Recogió todas las cajas y las colocó en una de las estanterías. Salió de la habitación y entró en la siguiente, que era la cocina. Una vez allí preparó unos cuantos platos con aperitivos, vasos y bebida. Lo cogió todo y lo llevó a la habitación anterior donde lo colocó sobre la mesa. En cuanto lo dejó, sonó el timbre de su casa. Salió corriendo de la habitación y se dirigió a la entrada principal. Abrió la puerta. Amanda ya había llegado y estaba totalmente mojada por culpa de la lluvia. Con un gesto invitó a la chica a que entrase. Amanda entró y sonrió a su amigo.
- Amanda, estás empapada. ¿Cómo no trajiste paraguas? –
- Ángel, ya sabes lo poco que me gustan a mí esos artilugios. Además, tan sólo es agua, no es nada del otro mundo. –
- Pero puedes resfriarte. Ven. Te dejaré algo de ropa y pondremos la tuya a secar. –
Ángel comenzó a caminar. Su amiga colocó una pequeña caja, que llevaba en la mano, en el mueble de la entrada y siguió a su amigo. Subieron las escaleras y en el pasillo giraron a la izquierda. Entraron en una habitación. Era el cuarto de Ángel. Una vez dentro, él se dirigió al armario y lo abrió. Cogió algo de ropa y se la dio a su amiga.
- Es ropa mía por lo que te quedará algo grande, pero por lo menos estarás seca y un poco más cómoda. Te espero abajo mientras te cambias. –
Amanda asintió con la cabeza y esperó a que él saliese del cuarto para cambiarse de ropa. Cuando se oyó el golpear de la puerta, la chica colocó sobre la cama la ropa que su amigo le había dado. Se descalzó y se quitó la ropa mojada que llevaba puesta. Cogió la ropa que había dejado sobre la cama y se la puso. Le quedaba muy grande, pero estaba más cómoda con ella porque no estaba mojada. Antes de bajar a junto de Ángel, Amanda observó los libros que su amigo tenía colocados en la estantería situada sobre la cama. Vio un libro que sobresalía un poco de los demás, dedujo que era el que Ángel había estado leyendo. Acercó la mano y lo cogió. Miró con detenimiento la portada y luego lo ojeó por dentro. En la página ciento trece algo llamó su atención. Aquella hoja estaba marcada con un marca páginas, algo normal, su amigo habría parado de leer allí, pero eso no fue lo que le sorprendió. Lo que llamó la atención de Amanda fue que el marca páginas que su amigo había utilizado era una carta del juego del que ella le había hablado por teléfono. Cogió el pedazo de cartón rectangular en la mano a la vez que colocaba el libro abierto sobre la cama.
Ángel aguardaba con paciencia a que Amanda bajase. Mientras esperaba decidió ir a por la caja que su amiga había dejado en el mueble de la entrada cuando llegó. Se dirigió a la entrada y cogió la pequeña caja de madera rectangular que llevaba escrito el nombre de su amiga. Una vez la tenía en la mano regresó a la habitación donde iban a jugar al juego de cartas del que su amiga le había hablado. Una vez de nuevo en aquel cuarto, se sentó en una silla y colocó la cajita sobre la mesa. La observó durante un rato y se decidió a abrirla. Aquel rectángulo de madera contenía cartas de cartón con dibujos. Eran las cartas que se utilizaban en el juego. Cogió la primera carta que había y la miró con asombro. El dibujo que había en ella le gustó mucho al verlo. La carta tenía dibujado un enorme castillo que parecía ser de la edad media, pero lo que impactó al chico era que aquel dibujo parecía real. Se quedó observándolo atónito durante un rato, cuando de pronto algo extraño sucedió. Ángel estaba tan centrado mirando aquel pedazo de cartón que no se dio cuenta de que había sido absorbido por él. Al cabo de unos minutos levantó la vista de la carta y miró a su alrededor. Ya no estaba en la habitación de su casa, sino que se encontraba en el castillo medieval del dibujo.
No comprendía nada. ¿Qué hacía Ángel con una carta de aquel juego? Soltó la carta sobre la cama y observó con total detenimiento la habitación en la que se encontraba. Si tenía aquella carta era porque de algún modo había descubierto aquel juego, pero… ¿cómo? Ella lo había descubierto en un foro de internet. Pensó durante un instante y comenzó a decir en alto todo lo que por su cabeza se pasa.
- Ángel no pudo descubrirlo en el foro, él no está subscrito. Entonces… ¿cómo lo descubrió? Si tiene esta carta es por algún motivo. Quizá si tiene esta tenga más en la habitación. Además… esa carta…es una carta que no puede tener cualquiera… tan sólo se puede conseguir ganando el campeonato anual del juego. Eso significa que… -
Amanda en ese mismo momento vio algo. Una caja de madera del tamaño de la carta sobre la mesa. Se dirigió al lugar y allí estaba. Una caja rectangular de madera con el nombre de su amigo escrito en ella. La abrió y dentro había lo que ella espera.
- Tiene más cartas del juego. Y si tiene la otra carta… significa que alguna vez fue campeón de este juego… pero… ¿por qué nunca me lo había dicho? –
Sacó las cartas de la caja y las observó todas una por una.
- Tiene muchas cartas que sólo se pueden conseguir mediante campeonatos. ¿Se ha estado presentando a ellos y no me lo ha contado? ¡Oh! –
Algo sorprendió a la chica. Una de aquellas cartas era especial. El color no era el mismo que el de las demás. Todas las cartas eran de color azul, salvo el dibujo, pero la que sostenía Amanda ahora en sus manos no era azul. En sus manos tenía una carta dorada y el dibujo era un guerrero que sostenía en sus manos la espada de oro del juego.
- Esta carta… ¡No! ¡No puede ser él! Pero… esta carta sólo la puede tener… -
La chica no pudo acabar de decir su pensamiento en alto. Antes de acabar la frase la carta de aquel guerrero la había absorbido. Amanda a penas se dio cuenta de ello. Se desmayó.
Ángel estaba totalmente sorprendido. En sus manos sostenía todavía la carta. Observaba fugazmente el dibujo de aquel pedazo de cartón y luego el lugar en el que se encontraba. El parecido entre ambos era asombroso. Guardó la carta en uno de los bolsillos traseros del pantalón de color negro que llevaba. Comenzó a caminar. El lugar en el que ahora se encontraba parecía estar situado en la Edad Media. Caminó durante horas por un sendero de tierra que recorría la parte trasera de aquel castillo. Al final del camino encontró una puerta. La abrió. Dentro había un pequeño hombre que estaba removiendo algún tipo de líquido dentro de un viejo caldero colocado al fuego. Las vestimentas de aquel ser eran muy diferentes a las que él llevaba. Eran muy antiguas y estaban bastante sucias. Ángel estaba tan atónito observando cada detalle de aquel hombre, que no pudo darse cuenta de que el enano había percibido su presencia. El enano se acercó al chico y lo observó con extraña mirada de arriba abajo. AL sentir la mirada de aquel individuo, Ángel se dio cuenta de lo que sucedía e intentó huir.
- ¡Esperad, chico! No huyáis. No os haré daño. Podéis confiar en mí. –
Ángel se paró en seco. Se giró y observó al enano que continuaba hablándole con una voz muy serena y aguda. Parecía inofensivo.
- Me presentaré. Soy Garlic. El hechicero del guerrero poseedor de este castillo. Ahora decidme… ¿sois vos? –
El chico estaba muy confundido. No comprendía nada de lo que Garlic “el hechicero” le decía. Por la forma de hablar del hombre confirmó su sospecha, se encontraba en la Edad Media. Garlic continuaba hablándole.
Amanda despertó aturdida. Se incorporó y se dio cuenta de que se encontraba en una cama. Le dolía la parte trasera de la cabeza, se había golpeado al desmayarse. La chica observó el lugar y no reconocía la habitación en la que se encontraba. A su mente llegó el último recuerdo antes del desmayo. Se recordaba a ella con la carta, del guerrero que empuña la espada dorada, en la mano. El recuerdo finalizó y llevó su mano derecha al uno de los bolsillos del pantalón que Ángel le había prestado. Dentro estaba la carta. De pronto se oyó como se abría la puerta. Amanda rápidamente volvió a guardar la carta. Miró con atención la puerta y de ella vio aparecer a un apuesto caballero. Un hombre de baja edad, quizá unos 20 años, muy apuesto, con el cabello largo y dorado que vestía un traje negro que parecía haber salido de una película medieval. Mientras Amanda describía mentalmente a aquel joven, él comenzó hablar.
- Doncella, ¿se encuentra ya mejor? –
- Me duele un poco la cabeza. Pero… ¿dónde estoy? ¿Quién eres? ¿Cómo he llegado hasta aquí? –
Amanda estaba muy confusa y se estaba haciendo muchas preguntas. No comprendía nada de lo que estaba sucediendo. El caballero dejó salir de sus finos labios una breve carcajada. Luego, continuó hablando.
- Mi nombre es Ser Astor, guerrero y dueño de este castillo en el que se encuentra ahora. Está en uno de mis aposentos. Me la encontré a las puertas del castillo desmayada y tenía un pequeño golpe en la cabeza. Por eso os traje hasta aquí. –
Ella observó con una mirada de desconfianza a aquel hombre que decía llamarse Astor. Sabía que aquello era imposible. El joven al que tenía delante era la viva imagen del dibujo de la carta que tenía guardada en su bolsillo y su nombre, coincidía. Si aquel caballero decía la verdad, tenía ante ella a Astor, el poseedor de la espada dorada del juego.
- No debéis preocuparos, doncella. No os haré daño. Podéis quedaros en estos aposentos hasta que se encuentre mejor. Le facilitaré ropa, comida y alojamiento. –
- Y yo… ¿cómo puedo pagarte?
- Su compañía será más que suficiente para mí. Iré a buscaros nueva vestimenta para que pueda salir de este lugar. –
Astos guiñó un ojo y salió de la habitación. Amanda se tumbó en la cama y aguardó.
- No lo puedo creer. ¿Sois vos? Por vuestro extraño ropaje puedo saber que sí. Predije vuestra llegada. ¿Os llamáis Ángel? Ese es vuestro nombre, ¿me equivoco?-
- ¿Cómo sabes mi nombre? –
- Soy hechicero y también adivino. Predije vuestra llegada. Pase, póngase cómodo y os contaré la historia. –
Ángel se adentró más en aquel extraño lugar. Era una de las mazmorras de aquel castillo. El chico se sentó en un pequeño banco de piedra que había situado junto a la celda. Desde allí observó cómo Garlic continuaba removiendo el contenido del caldero.
- Hace día predije vuestra llegada, Ser Ángel. Vos sois el muchacho que arrebatará la espada dorada a Ser Astor, el guerrero poseedor de este palacio. –
- ¿Arrebatarle la espada a un guerrero? ¿Por qué? –
- Pronto descubriréis que Ser Astos tiene algo que usted ama. Algo o quizá alguien por lo que usted daría incluso su propia vida, Ser Ángel. Por eso deberá arrebatarle la espada. Ese es el único modo de demostrar quién de los dos de es el más fuerte. Y sólo venciendo al Ser Astos y logrando la espada dorada, conseguiréis volver a vuestro hogar. –
- ¿Sólo así podré volver a casa? Pero… ¿cómo? –
Garlic soltó una breve carcajada. Se alejó del caldero de cobre y se aproximó a Ángel. Se arrodilló ante él y contestó a su pregunta. Ángel escuchaba con total atención todo lo que aquel hombre le decía.
- Aquí tienes. Creo que este vestido os servirá. Espero que os guste. Os aguardo fuera mientras os cambiáis. –
Astos dejó sobre la cama la prenda de ropa y salió de la habitación. Cerró la puerta y esperó junto a ella apoyado en la pared. Dentro de la habitación, Amanda había salido de la cama y se encontraba de pie observando la prenda que el amable caballero le había llevado. Entre sus manos tenía un precioso vestido de seda de color blanco. Amanda se quitó la ropa que su amigo le había dejado y se puso aquel vestido. La prenda le quedaba como si hubiese sido diseñada para ella. Dobló la ropa que se había quitada y la dejó sobre la cama. Salió de la habitación y observó a Astos.
- Os queda muy bien, doncella. Creo que debería conseguiros unos zapatos. Esos que lleva no son adecuados para una dama como vos. Esperad aquí por favor. Vuelvo enseguida con el calzado adecuado. –
Amanda no dijo nada e hizo lo que Astos le había dicho. Espero allí hasta que él regresó.
- Aquí tiene. Espero que os gusten. –
Astos sostenía entre sus manos unos hermosos zapatos blancos de tacón que brillaban como las perlas. Amanda los cogió con una sonrisa agradecimiento y se los puso. Le quedaban bien, eran de su talla.
- ¿Os están bien? –
- Sí. Muchas gracias Ser Astos, eres muy amable. –
- Ahora ya lleva una vestimenta digna de una dama como vos. Con todo lo sucedido no he tenido tiempo de preguntaros vuestro nombre, ¿cuál es? –
- Amanda. Me llamo Amanda. –
- Un nombre muy bonito, como la doncella a quien pertenece. Os enseñaré el castillo para que podáis encontraros a gusto en él. –
El caballero ofreció su mano a la chica y ella la cogió encantada. Ambos caminaban juntos por el pasillo de aquel gran castillo.
Ahora Ángel ya conocía toda la historia y todo lo que tenía que hacer, pero todavía tenía una duda. Algo que debía preguntarle a Garlic antes de cumplir la misión.
- ¿Cómo he llegado hasta aquí? –
- ¿No lo sabéis? –
El joven negó con un suave movimiento de cabeza.
- El libro que vos estabais leyendo contiene un hechizo. Un hechizo que da poder a las cartas como la que vos tenéis. Sólo así se puede llegar hasta este lugar. Al leerlo vos activasteis el poder y por eso habéis llegado aquí. –
Ángel ahora lo comprendía todo. El libro de magia que su madre le había regalado contenía un hechizo que funcionaba. Por error, al leerlo, activó un poder que desconocía y ahora debía poner en peligro su vida para poder regresar a casa con su familia y su amiga Amanda.
- Garlic, ¿puedes decirme dónde se encuentra la espada dorada? ¿Tienes un mapa para guiarme por el castillo?
- Claro, Ser Ángel. Aquí mismo tengo un mapa. Recuerde que aguardaba su llegada. Tengo todo preparado. Os ayudaré. –
Ser Astos y Amanda estaba en el comedor del castillo y uno de los sirvientes les había servido la comida. Ambos comían y en la sala había un completo silencio. De pronto, aquel silencio fue interrumpido por un grito. Una voz masculina que decía:
- ¡¿Dónde está la espada dorada?! –
Amanda reconoció la voz. Soltó rápidamente la cuchara que estaba a punto de introducir en su boca. El cubierto calló sobre el plato casi vacío que había en la mesa. Se levantó de la silla y observó el lugar de donde procedía la voz. Allí estaba el joven que había hablado. Un chico alto, muy delgado, con la tez pálida, largos cabellos ondulados de color negro y vestía un traje antiguo de color azul. En sus manos había un escudo y una espada, estaba preparado para combatir. Junto a él se encontraba un hombre de avanzada de edad. Un anciano de baja estatura, parecía un enano. Llevaba puesta algo parecido a una túnica medieval de la que colgaba un pequeño caldero metálico.
- ¡Ángel! ¿Qué hace aquí? –
- ¡Amanda! Tranquila, sé cómo podemos salir de aquí. –
La chica corrió hasta su amigo. Se lanzó a sus brazos sin preocuparse por la espada que él empuñaba en la mano derecha. Abrazó con fuerza al chico y él la observó. Ante él tenía a una chica hermosa. Una joven alta, delgada, con la tez blanca, el cabello liso, muy largo y de color dorado. Llevaba puesto un vestido de seda blanca y unos zapatos de tacón del mismo color que hacían a la joven parecer más alta. Ángel estaba asombrado con el nuevo estilo de su amiga, nunca la había visto así y aquello… le gustaba.
Ser Astos se levantó con fiereza de su asiento.
- ¿Quién sois vos? ¿Y qué queréis? –
- Mi nombre es Ángel y quiero la espada dorada. –
- ¡Ángel! ¿Qué dices? No puedes conseguir la espada dorada. Sólo el mejor jugador de “Skandor” podría y eso sólo sucedería en el juego… no en la vida real… -
- Amanda, tranquila, sé lo que hago. –
- Doncella, no se deje encandilar por ese forastero. Puede hacerle daño. Venga conmigo. –
- Ser Astos, Ángel no es un forastero y mucho menos peligroso. Es mi amigo. –
Mientras la joven hablaba. Astos ya se había preparado para la batalla. En su mano izquierda llevaba un escudo y en la mano derecha la espada dorada del juego. Ángel apartó a su amiga y la puso tras él. Dio unos cuantos pasos de avance y se colocó frente al guerrero a unos tres metros de distancia.
- Amanda, quédate ahí con Garlic. Él te protegerá. –
- Pero… -
- No repliques. Hazme caso por… -
Ángel no pudo finalizar la frase porque Ser Astos le había atacado. El chico puedo esquivar el ataque y defenderse a tiempo. Ambos se enfrentaron durante horas mientras Amanda los veía todo entre llantos desde una esquina de aquella habitación. Las espadas chocaban entre sí, daban fuertes golpes contra los escudos provocando un ruido ensordecedor que hacían que los llantos de la joven aumentasen. Amanda quería que aquel combate acabase sin heridos y no sabía cómo hacerlo. En un momento de despiste del hechicero salió corriendo y se colocó entre los dos combatientes. La joven movió sus labios para decir algo, pero de su boca sólo salió un pequeño grito. Ninguno de los dos chicos había percibido su presencia y clavaron sus espadas en el bello cuerpo de Amanda. Al darse cuenta delo que había hecho, ambos sacaron rápidamente las espadas del estómago de la muchacha. Amanda cayó al suelo y se llevó las manos a la herida de su vientre. Ángel corrió en su ayuda. Se arrodilló ante ella.
- Amanda, por favor, resiste. No te mueras, ¡no! ¡Amanda! –
La joven dejó de respirar entre las manos de Ángel. Se levantó del suelo. Empuñó con fiereza su espada y ser dirigió corriendo hacía Ser Astos. El caballero estaba tan sumergido en la imagen de la doncella muerta que no sintió apenas el clavar de la espada de su contrincante en el pecho. Astos murió al instante. Ángel, con la misma furia con la que la clavó, sacó la espada del cuerpo sin vida de Ser Astos. Dejó caer su espada y su escudo al suelo. Corrió de nuevo al lugar donde se encontraba en cuerpo todavía caliente de su amiga. Se sentó en el suelo y acarició el pelo de Amanda. Lloró.
- Ser Ángel. Todavía podemos salvar a la doncella. Déjeme un momento. Es mejor que salga, lo que va a suceder puede resultarle doloroso. –
Ángel no emitió sonido alguno. Tan sólo obedeció al anciano y salió de la habitación. Entre llantos cerró la puerta y se apoyó en la pared. Se dejó deslizar por ella hasta caer al suelo. Se tapó la cara con las manos y rompió a llorar una vez más.
Dentro del comedor, el hechicero estaba arrodillado ante el cuerpo sin vida de Amanda. Descolgó el pequeño caldero metálico que llevaba colgado de su túnica. Lo colocó en el suelo y lo abrió. Lo cogió de nuevo entre sus manos y dejó caer su contenido sobre las heridas de la chica. El cuerpo de Amanda comenzó a moverse y a agonizar.
Ángel escuchó los gritos de dolor de su amiga y no pudo evitarlo. Se levantó del suelo y entró en la habitación. Una vez dentro lo que vio le impactó. Sus ojos estaban viendo algo increíble. Amanda… estaba viva. Garlic la había curado de algún modo y ahora ella estaba allí de pie. Estaba allí, con su hermoso vestido blanco, caminando hacía a él.
- ¡Amanda! ¡Estás bien! Y tu vestido… ¡está intacto! Garlic, ¿cómo lo has hecho? –
- Ser Ángel, recuerde que soy hechicero, puedo hacer casi cualquier cosa. –
- Gracias. –
Amanda abrazó a su amigo. Él no dejaba de llorar. Apenas podía creerse que su amiga volviese a estar viva, pero era cierto. La estaba tocando y estaba totalmente intacta. Entonces, se dio cuenta. Ya había llegado el momento. Debía hacer lo que Garlic le había dicho y volver a casa con Amanda. Ángel soltó a su amiga y caminó hasta el cuerpo del caballero que seguía tendido en el suelo. Se agachó y cogió la espada dorada. Regresó junto a su amiga. Amanda, Garlic y él observaron la espada que sostenía entre sus manos.
- Garlic, entonces… si leo la inscripción que hay grabada en la espada y la empapo de mi propia sangre… ¿Amanda y yo volveremos a casa? –
- Así es. Como ya le dije, eso es lo que indica la profecía. Es el único modo para que puedan regresar ambos a su hogar. –
Ángel asintió con la cabeza. Miró a Amanda, la cual le observaba con mirada de confusión. Volvió a mirar a Garlic y bajó la vista hasta la espada. La cogió por la empuñadura y se hizo un pequeño corte en la mano. Dejó que la punta de la espada se empapase bien de su sangre y después leyó la inscripción grabada en la hoja de la espada dorada. Acabó de decir aquellas palabras y hubo un pequeño destello. Levantó la mirada y reconoció lo que veía. Entre sus manos ya no tenía la espada dorada, pero el lugar en el que se encontraba era una de las habitaciones de su casa. Se observó y comprobó que todavía llevaba puesta la ropa que Garlic “el hechicero” le había dado. Metió la mano en uno de los bolsillos y sacó la carta que le había llevado a aquel mundo paralelo. El dibujo de la carta había cambiado. Ahora el castillo era diferente y dentro de él estaba Garlic. Le dio la vuelta a la carta y detrás había algo grabado. Lo leyó en alto.
- Ser Ángel, nos vemos muy pronto. Ahora vaya a ver a la doncella. –
El anciano le había escrito aquello, podía dejarle mensajes a través de aquella carta. Guardó el pedazo de cartón el bolsillo y salió corriendo de la habitación. Subió las escaleras y corrió hasta su cuarto. Entró. Amanda estaba allí. Estaba de pie y observaba sorprendida una de las cartas del “Skandor”. Ángel entró corriendo en la habitación y abrazó con fuerza a su amiga.
- Ángel, no comprendo nada. ¿Qué ha pasado? –
- Te lo contaré todo más tarde. Lo importante es que ambos estamos bien. –
Amanda todavía vestía el vestido de seda blanco y aquellos altos zapatos del mismo color. En su ropa no había rastro alguno de que en algún momento hubiese sido herida. Ella se separó de su amigo y continuó observando aquella carta dorada.
- Amanda, ¿qué pasa? –
- Mira esta carta. –
Ángel observó la carta que la joven le mostraba. Se sorprendió y cogió la carta de las manos de Amanda. Miró asombrado el pedazo rectangular de cartón durante unos minutos.
- No puede ser. Esta carta tenía el dibujo de Astos, el guerrero del juego. –
- Sí. Pero ahora tiene un dibujo tuyo. Ahora eres el guerrero del juego. Definitivamente eres el mejor jugador de “Skandor”. ¿Por qué no me lo habías contado? Tienes cartas que sólo se pueden conseguir ganando los campeonatos anuales. –
- Siento no habértelo contado. Creí que te parecería una tontería, que creerías que era un juego para niños. Me equivoqué. Debí contártelo. Lo siento. –
- No importa, pero sabes que puedes contármelo todo. Pero… ¿ahora qué pasará con Garlic? ¿Qué pasará con ese mundo? –
Ángel sacó la carta que tenía en su bolsillo y se la mostró a su amiga del revés. Le mostró la parte trasera de la carta. Allí había algo escrito. En el reverso del pedazo de cartón se podía leer lo que Garlic le había dicho anteriormente a Ángel. Observaron la inscripción y la vieron desparecer. Ambos se miraron y volvieron a observar la carta. Algo estaba siendo escrito en ella. Ahora ponía:
- Nos os preocupéis por mí. Estaré bien. Este mundo seguirá vivo mientras vos, Ser Ángel, seáis nuestro guerrero, nuestro guardián. Nos comunicaremos a través de esta carta. Nos vemos muy pronto. -
Escrito por: Paloma García Villar
Vigo (Pontevedra)
Escrito por: Paloma García Villar
Vigo (Pontevedra)
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